Latido estelar y energía solar
La obra
comienza como un espejo de luz.
El cuerpo se sienta frente a ella, recibe el color, y el sol atraviesa la
materia como si fuera un río de energía. Aquí nace el diálogo entre el creador
y su creación.
El artista
frente al umbral luminoso, esperando que la luz abra el diálogo.
En cierto
momento, la silueta se convierte en pigmento.
Ya no hay frontera entre la piel y el color: la sombra entra en la pintura y la activa, como si el cuadro respirara el propio pulso humano. El sol es el que marca el ritmo.
La sombra
ingresa en el color y la materia comienza a latir.
El cuadro queda
de pie, latiendo por sí mismo.
La energía solar lo convierte en un organismo que vibra sin depender del cuerpo
ni de la tecnología. Es pintura, es luz y es cosmos: un latido estelar que se
sostiene en el tiempo.
El sol
completa la obra: la pintura respira como un organismo vivo.



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