Hay algo que
sucede antes de que piense.
Antes de que decida el color, la forma o el trazo, mi cuerpo ya está en
movimiento.
No hay boceto. No hay plan. Hay impulso.
Pintar para
mí no es componer. Es responder.
Respondo al soporte, al estado del día, al cansancio, a la música de fondo, a
la humedad del aire.
La pintura no nace en la cabeza. Nace en la carne.
El gesto no
es decorativo. Es huella.
Una mano manchada, una espátula que roza, un derrame que no contengo.
El cuerpo pinta porque necesita salir de sí.
Porque no alcanza con hablar.
A veces me
detengo y veo la tela como si no la hubiera hecho yo.
La miro como se mira un territorio donde algo ocurrió, pero ya pasó.
Hay rastros, hay capas, hay zonas donde insistí y otras donde abandoné.
Pintar es
entrar en ese espacio donde no soy yo quien pinta.
Es dejar que algo use mi cuerpo como herramienta.
Y eso, para mí, es sagrado.
Por eso no
trabajo con guantes.
Por eso mis pinceles no siempre alcanzan.
Por eso a veces las uñas también pintan.
Y el borde de una vela vieja. Y una piedra. Y el viento que empuja una
salpicadura inesperada.
La obra no
busca belleza.
Busca presencia.
Busca dejar constancia de que estuve ahí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario