lunes, 23 de junio de 2025

El cuerpo pinta antes que yo


Hay algo que sucede antes de que piense.
Antes de que decida el color, la forma o el trazo, mi cuerpo ya está en movimiento.
No hay boceto. No hay plan. Hay impulso.

Pintar para mí no es componer. Es responder.
Respondo al soporte, al estado del día, al cansancio, a la música de fondo, a la humedad del aire.
La pintura no nace en la cabeza. Nace en la carne.

El gesto no es decorativo. Es huella.
Una mano manchada, una espátula que roza, un derrame que no contengo.
El cuerpo pinta porque necesita salir de sí.
Porque no alcanza con hablar.

A veces me detengo y veo la tela como si no la hubiera hecho yo.
La miro como se mira un territorio donde algo ocurrió, pero ya pasó.
Hay rastros, hay capas, hay zonas donde insistí y otras donde abandoné.

Pintar es entrar en ese espacio donde no soy yo quien pinta.
Es dejar que algo use mi cuerpo como herramienta.
Y eso, para mí, es sagrado.

Por eso no trabajo con guantes.
Por eso mis pinceles no siempre alcanzan.
Por eso a veces las uñas también pintan.
Y el borde de una vela vieja. Y una piedra. Y el viento que empuja una salpicadura inesperada.

La obra no busca belleza.
Busca presencia.
Busca dejar constancia de que estuve ahí.



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