Durante el
aislamiento, las ciudades se apagaron.
El tránsito desapareció, los relojes se volvieron decorativos, los ruidos
mecánicos cedieron.
Y en ese silencio, la naturaleza habló.
El río
siguió su curso sin ser interrumpido.
El viento sopló sin horarios.
Las aves no respetaron la cuarentena.
La luna no pidió permiso para reflejarse.
Mientras lo
humano se detenía, la tierra respiró.
El encierro fue para nosotros, no para ella.
Desde el
velero —varado pero vivo— vi al río recuperar su forma.
Vi peces donde antes no se animaban.
Vi al cielo más limpio, sin humo ni pantallas.
Vi a la tierra asomarse con una voz que no necesita traductores.
Eso fue un
umbral.
Un momento entre dos estados.
Una frontera sin rejas, donde la naturaleza dejó de ser fondo y volvió a ser
protagonista.
Ahí entendí
por qué elegí llamarme Salvaje Indómito.
Porque no me
interesa representar la naturaleza domesticada.
Porque mi pintura no busca ordenar el caos, sino habitarlo.
Porque no vine a embellecer lo visible, sino a decir lo invisible con
materia.
Pintar fue
mi forma de responder a esa voz que se coló en las madrugadas,
cuando todo estaba en pausa, y el río seguía su curso.
No pinté
para ilustrar la pandemia.
Pinté para no perder esa conexión primaria, salvaje, anterior al lenguaje.
Salvaje
Indómito no es un
estilo.
Es un lugar desde el cual no quiero salir.
Es un gesto que no acepta reloj ni encierro.
Es mi forma de resistir sin ruido, pero con forma.
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